En la entrada sur de Algeciras hay –o había la última vez que anduve por allí– un bronce con la efigie de Paco de Lucía. El músico, un poco abrumado por sus grandes proporciones, solía bromear llamándolo el ninot. Sin embargo, la dimensión de Paco ha sido mucho, muchísimo mayor que su escultura, y de hecho en su ciudad natal ha eclipsado a toda una escuela de guitarristas flamencos de rancia solera.

En la entrada sur de Algeciras hay –o había la última vez que anduve por allí– un bronce con la efigie de Paco de Lucía. El músico, un poco abrumado por sus grandes proporciones, solía bromear llamándolo el ninot. Sin embargo, la dimensión de Paco ha sido mucho, muchísimo mayor que su escultura, y de hecho en su ciudad natal ha eclipsado a toda una escuela de guitarristas flamencos de rancia solera.

Por fortuna, las nuevas generaciones han sabido conciliar la deuda con los antepasados (de El Niño de las Botellas, Jesús el Ciego o Flores el Gaditano a Ramón de Algeciras, hermano de Paco, pasando por una guitarrista singular como Carmela) con la obligada devoción al titán. Dicho de otro modo, han incorporado naturalmente todas las audacias de Paco de Lucía, sin dejar de atender a las raíces. En dicha línea se inscriben, cada uno con sus personalidad, José Manuel León y José Carlos Gómez.

A éste último, que vio su carrera truncada por un trasplante de riñón que lo tuvo alejado de los escenarios durante dos años, lo hemos visto compartir escenario con gente como Niña Pastori, Alejandro Sanz o el Ballet Nacional de España, entre otros, y hace cinco firmó un llamativo debut discográfico, donde cantaba sus propias canciones en registros afines al pop y aparecía en portada con fotografía del gran Mariano Vargas. 

Toda la entrevista en https://msur.es/2016/12/05/gomez-origen-amorarte/

 

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